Me escribiste «No empieces».
No había empezado nada.
Recordé la última vez que dijiste esas palabras. Tenías la frente apoyada en mi pecho y esa sonrisa que siempre llega un instante antes que tus labios.
Escribí una respuesta.
La borré.
«Ya es tarde», te dije.
Aparecieron los tres puntos. Desaparecieron. Volvieron a aparecer.
Después, una sola palabra:
«Idiota».
Y me quedé sonriendo.
Todavía puedo escuchar cómo la dices cuando estás a punto de besarme.